PASION POR LA LECTURA
El amor al libro ha despertado, en todos los tiempos, pasiones tan fuertes y dramáticas, como las inspiradas por el juego, el vino y las mujeres*. A muchos les ha impedido vivir con holgura, a otros les ha llevado al sepulcro. Antes de dar referencia de unas pocas bajo el signo trágico, daré preferencia a dos de tono algo humorístico:
Guillermo Budé, entregado a la lectura de Virgilio, contestó un día a la sirvienta, que, asustadisima, le anunciaba que la casa ardía: "Te he dicho muchas veces, que las cosas de la casa se las cuentes a la señora".
Teodoro Turnebe, el eminente helenista, el día de sus nupcias, se olvidó de ir a la iglesia, tan embebido estaba en la lectura de los clásicos.
Agobiado por la pena, al ver flotar en el Sena, cuando el saqueo del Arzobispado de París, en 1831, los libros que en otro tiempo había catalogado y ordenado el publicista y librero Colnet du Ravel, falleció a los pocos días.
El naturalista y explorador alemán Emilio Bessels, que perdió en un incendio sus manuscritos y biblioteca, se suicidó por no poder consolarse de golpe tan cruel.
Jules Claretié, que había donado su rica coleción de libros románticos a la Biblioteca del Arsenal, de París, compareció un día pobremente vestido ante el director de la biblioteca, le pidió permiso para hojear sus libros, y dos días después se quitó la vida.
Y, por último, el Marqués de Chalabarre murió de un ataque de desesperación al no poder adquirir un ejemplar de cierta obra, que en un momento de buen humor había inventado Charles Nodier
